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El Marco de los Reyes

SERENDIPIA DE UNA ETERNIDAD INMEDIATA

In memoriam Jesús Perdomo.

El Marco de los Reyes.

En una plaza céntrica se yergue una desgastada piedra cuasiprismática que, aunque atípica, no parece reclamar la atención de nadie. Rumbo a la escuela los escolares la rodean, esporádicamente, sin verla; en tanto los gorriones la emplean como una suerte de árbol abreviado y los ancianos, cuando la sombra declina, se apoyan sobre sus bastones próximos a ella ignorando que acaso descansan junto a una de las más pretéritas ficciones del mundo. La trajeron hombres que obedecían a otros hombres foráneos; éstos, a su vez, comulgaban con empoderados mapas, coronas y tratados políticos-bélicos. Informan que fue el “Marco de los Reyes», divisorio entre España y Portugal, que desde entonces para en Rocha un tanto apartado del sitio primario para el que fue concebido, pero que asimismo continúa ejerciendo, con la obstinación mineral de aquellos elementos fidedignos, el oficio de segregar.

Empero, no se trata de un mero bloque labrado ni tampoco de una reliquia para el caprichoso fisgoneo de los turistas; los hombres lo imaginaron para fijar un límite territorial y, sin proponérselo, con los siglos, este acabó antes entendiendo que ningún límite, por preciso que sea, resulta perenne. Sus aristas accidentadas han contemplado imperios desbaratarse con mayor fluidez que una nube de verano, banderas trocar sus colores, lenguas confundirse con la respiración de las fronteras y milicias que, creyéndose imbatibles, apenas devinieron en el óxido de algún sable perdido y olvidado bajo la tierra de alguna pradera. La piedra, en cambio, persiste impertérrita, ignorando en silencio los esplendores de la patria, pero recordando las vecinas manos que se han deslizado, como en una caricia, sobre el relieve áspero de su superficie.

Aún hay quienes creen que divide dos reinos; sospecho que, sin profuso afán, divide otra cosa. Acaso, deslinda el territorio visible del etéreo, lo mismo que el espiral del tiempo que creen conocer los hombres, que suele arder y consumirse como una hebra de lana en la flama, y no en el de la cronología de las piedras, tiempo, ese, que apenas se digna transcurrir. Quien se detiene ante ella advierte, sin saberlo, una vacilación, (o probable lapsus), del universo: al cabo de un instante no sabe si contempla un monumento o si es él quien  contempla al visitante por una memoria infinitamente más vasta que la suya.

En la plaza de Rocha, rayano a la sombra de los plátanos, pláticas coloquiales  y tardes dilatadas, aquel “Marco de los Reyes» persevera en su esquinera y discreta vigilia, sin aguardar beneméritos emisarios de Lisboa ni de Madrid. Sólo parece demorar algo tan antiguo e improbable como que, al menos un mortal, comprenda que toda frontera es también una suerte de metáfora, que todo reino acaba por ser un apelativo en un libro y que al fin la piedra, modesta y paciente, persiste soñando aquel idéntico sueño de límites difusos, en tanto el mundo que la circunda no cesa de mutar incesantemente de mapa y habitantes.

Por Darío Amaral